Nueve millones de lámparas led nos habían convertido en la ciudad de moda. Hablaban de nosotros en las noticias, elaboraban documentales, éramos trending topic en las redes sociales, hasta Disney y el New York Times se habían fijado en nosotros, nuestra famosa noria presentaba horas de cola y dar un paseo por nuestras calles era la excursión codiciada de miles de personas que llegaban por todos los medios a la ciudad.

En un tiempo en el que aún no conocíamos el concepto de distanciamiento social, salir de casa era saber que ibas a ir llevado por la marea, que te arrastraría hasta el altísimo árbol epicentro de la fiesta, por vías en las que literalmente no cabía un alfiler, que se quedaban pequeñas ante semejante número de personas que día tras día, semana tras semana, querían disfrutar de tal espectáculo… Luego se acabó la Navidad y las luces se apagaron…y vinieron los técnicos y se las llevaron…

 

Y con la retirada de las bombillas también se borró el bullicio, y las risas, y la música. Cuesta creer que las calles que hace apenas tres meses estaban totalmente desbordadas de gente y alegría hoy sean apenas una sombra silenciosa. Cuando salgo al balcón de mi casa últimamente se masca la soledad, el silencio, el vacío. Es cierto que se ven coches, algún perro, alguna persona cargada con bolsas…pero falta la vida y las risas, la gente en las terrazas, el ruido del tráfico y las prisas. La poca gente que sale deambula solitaria, metida en sus cosas. Resulta triste, desesperanzador, las noticias angustian y la calle se nos queda ahora grande.

 

Abandono el balcón y vuelvo a entrar. Somos cinco en el piso y llevamos casi cincuenta días confinados. Cuando convives con tres niños, el silencio y la soledad que existe de puertas para afuera parecen más bien un espejismo. Aquí dentro nuestra experiencia no hablará nunca de largas tardes de sofá, de aburrimiento, de visionado de series de moda, o de casa reluciente después de ser sometida a largas horas de limpieza. Cuando el trece de marzo se cerraron los coles y nos metimos en casa nunca pensamos en lo que se iba a convertir nuestra vida.

…Y jugamos, cocinamos y reímos; estudiamos el sistema solar, viajamos por los planetas, amasamos pan, hablamos por videoconferencia; repasamos los sistemas de medidas, hacemos ecuaciones; amasamos pan, desinfectamos la compra, vemos un poco la tele; y jugamos, desempolvamos la bici estática, hacemos el pedido de la compra; bailamos, amasamos pan, sacamos el parchís y el bingo; pintamos con los dedos, leemos cuentos, nos los inventamos también, reímos, amasamos pan, gritamos, nos enfadamos y nos abrazamos.

 

Desinfectamos otra vez y volvemos a amasar; nos asomamos a la ventana en busca del rayito de sol que sólo nos visita a primera hora de la mañana; y amasamos pan, y hacemos mini-disco y aprendemos a dividir; pegamos gomets y hacemos series, leemos, y celebramos fiestas de cumpleaños –ya llevamos tres en este período- y otra vez el pedido, y la lejía, y el pan; y el ratoncito Pérez –que menos mal que tiene salvoconducto, porque a nuestra casa ya tuvo que venir dos veces- y otra vez los puzzles y los juegos, y los libros y los deberes, y la música y la gimnasia…

 

Las luces se apagaron y la vida se metió dentro. Me uno a los que no quieren hacer poesía de estos días, a los que se niegan a mitificar un tiempo tan doloroso y desgarrador como está siendo éste para miles de hogares. Pero cuando salimos al balcón todas las tardes a aplaudir, yo sigo viendo luces. Ya no son de colores, ni son led, pero sí son muchas y también brillan. Están en cada aplauso, cada sonrisa, cada saludo a distancia puntualmente a las ocho. Luces que ahora viven resguardadas dentro de los hogares, pero que alumbran recordándonos que seguimos aquí, que volveremos a salir, que nos abrazaremos y reiremos, que volveremos por fin a llenar las calles.

 

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