Dejamos a Marta a punto de dejar Turquía y aquí la tenemos entrando a Grecia por el Pireo.

Peloponeso, empezando.
Pireo es el nombre del megapuerto ateniense y el…de mayor tráfico marítimo de todo el Mediterráneo, ¡glups!, y allá que llegamos un jueves 15 de enero, ya anocheciendo.

 

Entrando a Grecia por el Pireo

 

Entrando a Grecia por el Pireo, el trasiego era importante, ya sólo el salir del ferry con la furgo parecía tarea complicada

Porque éramos unos cuantos sobre ruedas, y los griegos que en esto son igual de “pitones” que nosotros (y yo lo veo igual de absurdo), se lían a mosquearse al volante de sus autos, todo el mundo deseoso de salir de la bodega del super ferry en el que estábamos montados.

Pero una de las muchas ventajas de nuestra casita con ruedas es que, en lo que se resolvía aquel lío de salida, que al final vino a ser más de media hora, en un pis pas preparamos y comemos una cenita rápida y cuando la cosa arranca, ya estamos listos para poner rumbo a destino y allí ya casi casi sólo nos queda ponernos directamente “horizontales”, que el día ha sido largo y ajetreado de travesía marítima.

 

 

El destino no era lejano, un camping a unos 45 minutos dirección a Corinthos, que está abierto todo el año. Necesitábamos algo cerquita y no liarnos a buscar una pernocta a aquellas horas de….la tarde, pero es que para nosotros las 8 son casi “after hours”, jajaja.

A Atenas noooo íbamos, nada de ciudad esta vez, vamos en dirección contraria. Yo estuve hace unos años, a Icar no le importaba no ir, creemos que a Noa no le aporta nada imprescindible.

Y aunque por supuesto tiene cosas interesantes, es una gran urbe y no nos apetecía todo el lío de entrar, salir, ni tampoco pernoctar allí.

Y así empezamos los primeros días en la Grecia continental, con un “respiro” en el rinconcito que es el camping Glaros

En temporada alta estará, imaginamos, enteramente ocupado por familias griegas en una especie de roulottes fijas, pero que ahora estaban vacías, salvo el finde que vienen algunos poquitos a pasarlo tranquilamente a la orilla del mar.
Y allí estábamos nosotros, casi casi con los pies en el agua y, enseguida también, rodeados de todos nuestros tendales de las habituales coladas pendientes.

Como siempre cada ciertos días, nos tocaban lavadoras, dar vuelta a la furgo, limpiezas y zafarranchos varios, seguir planificando viaje y recabar informaciones varias, reabastecer la despensa y nevera, y nos venía bien un sitio como éste, para todo ello.

Noa por su parte, disfrutaba en lo que para ella era un pequeño paraíso: piedras, arena, agua, piñas, rocas que trepar, escaleras que subir y bajar, barquitas a las que asomarse, nuevos descubrimientos como varios tipos de algas y caracolillos…en fin, todos muy ocupados…

 

 

Y después de este paréntesis lùdico-organizativo con cielo azul, y lo que para nosotros era un tiempo totalmente primaveral, pusimos rumbo al Peloponeso

Es por donde discurrió una gran parte de nuestro viaje por tierras griegas.

Entramos al sur de Corinto y bajamos directamente por el primero de los “picos” del Peloponeso que se estira hacia el sur, que se llama Argolis.
Olivos, cítricos, granados, montañas rocosas, bosques de pinos, mar muy azul, valles fértiles, van dibujando el paisaje de nuestras primeras impresiones por el Peloponeso, tierra por excelencia de dioses y mitologías griegas varias…

A uno de estos dioses, Asklepion, está dedicado el yacimiento arqueológico de Epidavros, cerquita de donde dormimos, al pie de una tranquila iglesita ortodoxa en un pueblo llamado Lygourious.

 

 

Asklepion es el dios griego de la medicina y salud en general y parece ser que a este santuario venían personas de rincones cercanos y lejanos para ser curados por renombrados médicos de la época. Del santuario en sí queda poco en pie, y el principal motivo hoy por el que Epidavros es famoso es por su bien conservado teatro.

La cosa es que, después de haber visitado en Turquía tantos y tan maravillosamente bien conservados restos greco-romanos, lo que vimos no nos impresionó “tanto” de entrada…Aunque nos quedaba tanto que ver por aquí, y seguro que “abriríamos la boca” más de una vez…

Desde luego, el teatro estaba súper bien conservado, impactaban sus dimensiones (¡14.000 espectadores!) el emplazamiento es precioso y sobre todo, lo que más nos impresionó es…la increíble acústica.

Hay un punto central marcado en el escenario, y habíamos leído que una pequeña moneda al caer allí, transmite perfectamente su sonido hasta las filas de arriba y…¡así era!
Hicimos “pruebas de sonido” varias: palmas, susurros, voces y hasta cantamos un poco, jejeje. Si es que teníamos teatro casi para nosotros solos…😉.

 

 

 

Y de ahí nos fuímos a la puntita sureste de Argolis que se llama Galatas

Es un pueblo muy majete a la orilla del mar y con unas vistas preciosas de la isla de Poros que está ahí mismo, a cinco minutos por mar…Pasamos una tarde muy chula con estas vistas y dormimos muy tranquilos, acompañados de una autocaravana de alemanes jubilados que parece que se habían medio instalado en el lugar…

 

 

Desde esta parte del Peloponeso, tres islas griegas están muy cerca de distintos puntos de la costa: Hydra, Spetses y Poros. Todas son pequeñitas. En un principio, no sabíamos si íbamos a ir a las tres, a dos, a una…pero de momento, una vez que llegamos a Galatas, decidimos pasar a Poros un par de días, que allá enfrente se tiene que estar muy bien y oye, que es muy barato pasar y es que son sólo unos minutos en “aaac-cco”, como dice Noa…

Y ya lo creo que se estaba bien. Algo tienen las islas que su ambiente es diferente, con un sosiego especial. La propia “capital”, Poros, un pueblito de unos 2.000 habitantes, es un sitio encantador con sus casitas en tonos pastel, sus pequeñas barcas amarradas, sus cafés que miran al mar, su mercado de pescado, y sus callejuelas blancas.

¡¡¡Hola, Poros!!!!

 

 

El interior de Poros es aún más tranquilo, bueno, bastante más, con un aire más remoto, y casi totalmente cubierto de densos bosques de pinos, que da gusto oler mientras pedaleamos y Noa duerme su siesta sobre ruedas.

 

 

Casi cualquier sitio de la isla era idóneo para pernoctar

Lo hicimos en un barrio tranquilo que se extiende más allá de la capital a la orilla del mar. Y así, al día siguiente teníamos al lado unas calitas a las que se iba a pie y se estaba muy a gusto.

Noa encontró de nuevo allí sus piedras, palos, piñas, arena ay agua que tanto le gustan…nosotros dimos unos toques a ese balón de voley que compramos en Rumanía para ratillos como éste…Ratillos que, por cierto, muchas veces nos parecen lo mejor del viaje.

No se parece a lo que haríamos sin Noa. Ella no necesita hacer tantas actividades como nosotros tendemos a hacer, ni acumular muchas visitas, ni estresarnos porque “hay que hacer esto o lo otro”, como a veces ocurre en los viajes más cortos o más programados, o sencillamente con otros ritmos.

 

 

Nos recuerda Noa siempre que vivir puede ser sencillo, aunque a veces parezca un placer olvidado. La alegría de despertarnos juntos, de jugar, de preparar la comida, de inventarnos canciones (Icar es experto, jajaja😂), estar lo máximo al aire libre, reírnos, cuidarnos, enseñarnos mutuamente, en “vivir” a la vez que viajamos.

Nos sentíamos privilegiados por poder vivir así, (más aún en este momento y cómo están las cosas para muchas personas), vivir en movimiento, aprender viviendo, organizar un “día a día” a la vez que hacemos algo que ya de por sí tiene tanto atractivo para nosotros como es viajar, conocer y compartir con otros, oír otros idiomas, ser conscientes de otras realidades en directo, “aprehender” a través de otros paisajes y paisanajes.

Pero, además de eso y mucho más importante que eso todavía, compartir “nosotros”, dedicarnos todo el tiempo, ese gran regalo que hoy en día parece vedado y que especialmente un niño pequeño necesita tanto, necesita…”todo”

Por desgracia, parece tan normal que no sea así, que debamos por fuerza renunciar a pasar tiempo y tiempo con tus hijos, tiempo irrepetible. Laboralmente muy difícil, y socialmente poco reconocido o poco valorado como “productivo”.

Para nosotros tres, éste es el mayor regalo, el más importante viaje, y con lo que nos sentimos más afortunados y agradecidos. Y, como esto tampoco podrá ser eterno, seguramente la mejor enseñanza que podemos sacar de todo esto es que, aunque en el futuro no vivamos así, aprender a hacer del día a día y del momento, en lo posible, en cualquier circunstancia, un pequeño regalo.

 

 

Sí, seguro que de alguna manera es posible…

De momento, de momento…aprovecharemos el momento.
¡Carpe Diem”!…☺.

 

 

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Nota de la autora: “No he recibido ningún tipo de compensación (económica o no) por escribir este artículo, no tengo conexión material con las marcas, productos o servicios que he mencionado y mi opinión es independiente”

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