Fecha última actualización 21/05/2026 por El Viajero Accidental
Pocos monasterios están a pie de mar con el Océano Atlántico como vecino inmediato.
Los monjes benedictinos se atrevieron a desafiar a las posibles calamidades que el océano les pudiese traer en unos tiempos en los que el mar no se percibía como una felicidad vacacional. Sino más bien todo lo contrario porque era fuente de invasiones vikingas, mozárabes, corsarias…

Inicialmente sus moradores eran benedictinos, seguían la norma ‘ora et labora’, reza y trabaja, pero transcurridos unos años se acogen a la Orden del Císter. En términos coloquiales podríamos decir que los cistercienses, además de la regla de San Benito, perseguían la austeridad en su conducta y en la arquitectura de sus monasterios. Creían que no eran necesarios capiteles bellamente adornados con ángeles o demonios, representaciones de la Biblia, seres mitológicos ni demás trabajos de cantería para dedicarse a la oración.
Desde su fundación en el siglo XII el monasterio prospera, cultivan sus campos, reciben dádivas y perciben diezmos. Es más, después de abatir a cañonazos una nave de piratas turcos el rey Felipe IV les otorga muchos privilegios.

Imagen creada con IA a partir de un prompt del autor
La vida diaria del monasterio transcurría entre trabajos y rezos que empezaban a las dos de la mañana. Eran muy organizados en sus tareas. Existían monjes ilustrados que sabían leer y escribir, provenientes de familias nobles. También la congregación contaba con monjes conversos, llamados así por provenir del populacho. Estos últimos carecían de ilustración y eran adiestrados por los que poseían los conocimientos.
Comían juntos y dormían juntos, aunque con el tiempo acabaron teniendo cada uno su celda. La comida se realizaba en el refectorio mientas un monje leía un texto sagrado depositado sobre un atril.
Y estos monjes tan buenos y en principio mansos ¿cómo acabaron disparando unos cañonazos tan certeros? Pues la explicación es sencilla: muchos caballeros y muy nobles guerreros se retiraban en los monasterios después de las cruzadas. Uno de ellos con buena puntería derribó la nave turca enemiga en 1624, siento este hecho providencial para la derrota de los piratas. Este hecho le valió al monasterio el título de “Real Monasterio de Santa Maria de Oia”.

Conviene aclarar que Galicia históricamente fue víctima de numerosas invasiones, de ahí la importancia la de contar con un buen defensor de la Ría de Vigo.
La vida monacal continuó hasta la desamortización de Mendizábal que expropió y privatizó las propiedades monásticas en España entre 1835 y 1837.
El monasterio quedó abandonado. No ocurrió lo mismo con la iglesia construida en época medieval a finales del siglo XII. Gracias a ser iglesia parroquial se ha mantenido hasta el día de hoy en perfecto estado. Llama la atención su fachada compacta y con poca ornamentación que le imprime personalidad.

Tras la desamortización el monasterio pasó por muchas manos. Algunos propietarios hicieron reformas y otros se encargaron de mantenerlo en buenas condiciones. Pero con el tiempo poco a poco se fue deteriorando, quedando en estado de abandono hasta que recientemente se han hecho trabajos de consolidación.
Y ahora que ya conocemos su historia comencemos el paseo…
La Plaza de Armas, por la que se accede, es bellísima. Su ubicación sobre el océano nos regala unas vistas impresionantes. Debajo hay una pequeñísima cala con un muro llamado gamboa que creaba una cetárea natural. Es decir un vivero natural para el marisco construido en plena costa para aprovechar las mareas. De esta forma el agua en el que se crían los mariscos siempre está limpia no estancada gracias a la subida y bajada de las mareas. Este tipo de cetáreas naturales es propia de la costa gallega y ya le hemos dedicado un artículo: Ruta de las cetáreas de A Guarda.

El conjunto de edificaciones que forman el monasterio comienza con el edificio central que posee un bello claustro gótico ubicado en la parte norte en contra de la costumbre habitual de colocarlo al sur. El motivo es que en Oia el terreno no permitía situarlo al norte. Es conocido como el Claustro de Procesiones.
Detrás del monasterio y formando parte de la fachada principal de la iglesia, está el bello campanario barroco del siglo XVIII.
Entre los distintos propietarios hubo incluso quien alquiló uno de los edificios a los jesuitas. Está separado por lo que en su día fue un patio de naranjos.

Y ya detrás del monasterio y de la iglesia, otro de los propietarios construyó una vivienda que años después y muy deteriorada sirvió como lugar donde hacinar a los presos del régimen franquista.
Y es que cuando el régimen franquista necesitó campos de concentración utilizó este edificio ubicado en la zona posterior. Se accede a él entre arbustos de bog de considerable tamaño y también camelias. El edificio en estado ruinoso llegó a albergar en momentos álgidos hasta 3000 prisioneros, tan hacinados y hambrientos que llegaban a comer algas cuando los bajaban al mar a lavarse. Estos pobres hombres dejaron grafitos en las paredes que los encerraban. Han sido conservados y se han convertido en un valioso conjunto de dibujos y textos.
Han transcurrido años, varios empresarios han intentado sin éxito convertirlo en hotel de lujo pero parece que ahora está cerca la consecución.
De momento se ofrecen visitas guiadas en determinadas fechas, que explican su historia y permiten ver las ruinas consolidadas. La gestión de toda la actividad cultural desde 2021 es responsabilidad de la Fundación Bretal.
Ya no existe riesgo de que el patrimonio historico, monumental y cultural se pierda como estuvo a punto de suceder. Y eso que desde 1931 es BIC, Bien de Interés Cultural.
Tanto el monasterio como todo su ayuntamiento, ubicado al sur de la provincia de Pontevedra, merecen un visita. Nadie se irá defraudado, al contrario te marchas enamorado de la belleza que ahí habita.
¡Llegar es fácil! Tomando la carretera N-550 que une A Coruña y Tui encontrarás un desvío en el mismo pueblo de Oia que te lleva al puerto y al monasterio.
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