Aquel día Madrid se despertó con aparente normalidad, si así se le puede llamar al ritmo frenético que llevábamos. Saqué el coche del parking y me dirigí a la oficina como si fuera un día más.

Había mucho tráfico, para variar. Nada más llegar al trabajo, fui a por un café para llevar al bar de siempre. El encargado, que por sus rasgos parece boliviano, es un tipo encantador. Aun viendo la que se avecinaba, con incesantes rumores de que la cuarentena pasaría a ser obligatoria en cuestión de horas, aquel hombre no perdía su sonrisa. Él, que trabaja en un bar y no podría continuar su actividad empresarial desde casa hasta vete a saber cuándo.

Es curioso cómo la vida te da un golpe de realidad cuando menos lo esperas. Este año me había propuesto viajar más si cabe, y aplicarme a conciencia el nombre de mi blog: La Vida son Dos Viajes. Aprovechar al máximo cada segundo. Viajar lo que no está escrito. Descubrir lugares menos concurridos. Y evitar la rutina, esa que no logro gestionar como debería.

 

Paula Morales – La vida son dos viajes

 

Madrid es la ciudad donde nací. Aquí he pasado prácticamente toda mi vida, quitando los años que viví en Manchester y Bruselas. Planes como pasear por la Gran Vía, comer un bocadillo de calamares en la Plaza Mayor o recorrer El Rastro se me antojaban apetecibles a la par que estresantes. Los domingos me acercaba a La Latina a tomar el aperitivo. En terraza, fuese la época del año que fuese, aunque el frío quisiera alzarse con la victoria.

Por la tarde solía ir a Madrid Río. Siempre veía a un grupo fornido de deportistas practicando CrossFit. A escasos metros, los abuelos peleaban con sus nietos para que se estuvieran quietos. Demasiadas bicicletas, patines y riesgos externos no perceptibles para esos críos. Por la noche, mi plan favorito era tapear, con el único requisito de que el restaurante tuviera croquetas, pincho de tortilla y tinto de verano. Un manjar para mi paladar.

Dejo mis pensamientos a un lado y sigo leyendo las decenas de correos acumulados en mi bandeja de entrada, como un día cualquiera. Pero aquel 13 de marzo marcó un antes y un después que en unos años se estudiará en los libros de Historia. Madrid reseteó. Dio al botón del pause para combatir al COVID-19, un virus que se originó en la provincia de Wuhan, China. Otra lección más de que el mundo es más globalizado que nunca. Otra prueba más de que las fronteras no son más que una línea invisible en el mapa.

Pasear por la Gran Vía pasó a ser una quimera. Los restaurantes colgaban el cartel de cerrado. En las calles solo quedaban paseadores de perros y gente que volvía del supermercado con bolsas de compra para un regimiento. Los bocadillos de calamares se preparaban en casa y se cambió el chotis por ‘Resistiré’, la canción de moda. ¿Dónde quedó el bullicio, los atascos y la vida en las calles? ¿Qué pasó con las ganas de devorar cultura en museos, exposiciones y visitas guiadas? Todo, absolutamente todo, se detuvo.

Un mes después, Madrid sigue rezumando esa paz y serenidad que tanto envidiaba de los pueblos. Un silencio que, paradójicamente, encuentro desgarrador. Hoy llenamos nuestro tiempo con deporte en casa, conciertos en directo por YouTube, visitas virtuales a museos, largas horas horneando pan y bizcochos y el ansiado aplauso sanitario, que llega con puntualidad británica a las 20:00 horas.

Pero todo esto pasará. Volverá el Madrid bullicioso. Los bares repletos de gente pidiendo cañas. Los paseos por El Retiro. Los atardeceres en el Templo de Debod. Las fotografías a la Puerta de Alcalá. Volverán las vistas panorámicas desde el Círculo de Bellas Artes. Las tardes en la Puerta del Sol, donde se toman las uvas para recibir el año nuevo. Las rutas senderistas por Cercedilla. Las escapadas a Chinchón, Aranjuez y El Escorial.

 

 

Mantendremos la esperanza de que todo volverá a la normalidad y, cuando llegue la vacuna, tocará celebrar. Recuperaremos todos los viajes que no pudimos hacer. Por Madrid, por España, por Europa y el mundo entero, por ese orden. Abrazaremos más fuerte a nuestra familia y amigos. Y, brindaremos, croqueta en mano, por el Madrid de antaño. Por ese reencuentro tan esperado. Por la emoción de volver a pisar sus calles. Por esa primera vez.

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